La Llegada de un Hijo

La Llegada de un Hijo

Los hijos cambian nuestras prioridades, desafían nuestras creencias y pulverizan nuestras certezas. Muchas veces, lo primero que nos enseñan es que casi todo lo que sabíamos sobre niños era falso. Esos niños de las películas, que sonríen y no lloran y duermen y comen y tienen horarios…bueno, es una película. La magia del cine. Nada que ver con la vida real.

El choque puede ser especialmente duro para los que han estudiado algo relacionado con la infancia. Educadores, psicólogos, médicos....... estos profesionales apenas vemos a un niño un ratito, no es lo mismo que ser padres.

El poder de la debilidad

      Del recién nacido nos sorprende su increíble fragilidad. Esa cabecita que no se aguanta erguida, esa piel tan suave que nos asusta frotarla, los deditos tan delgados que tememos romperlos al vestirle, esa absoluta incapacidad para sobrevivir sin nuestros continuos cuidados.

Y sin embargo sobreviven. Con apenas un gesto o un suspiro son capaces de darnos instrucciones detalladas, de decirnos lo que necesitan en cada momento, lo que hacemos bien y lo que hacemos mal. Les basta la cuarta parte de una sonrisa para recompensar nuestros desvelos, con tanta eficacia que incluso nos damos por bien pagados. Consiguen lo que quieren de nosotros sin gritarnos, amenazarnos, castigarnos o premiarnos. Podemos aprender mucho sobre el ejercicio de la autoridad, si nos fijamos. Podemos aprender que el poder efectivo no lo ejerce el que infunde temor, sino el que suscita amor.

El amor perfecto

      Nuestros hijos se hacen amar de forma desinteresada. Es evidente que no los queremos por su dinero, ni por su agradable conversación, ni por su inteligencia, ni por su belleza. Todo lo contrario, nos parecen inteligentes y hermosos porque los amamos. Los recién nacidos, pobrecitos, pringosos, colorados, con la piel arrugada y descamada, incapaces de esbozar una sonrisa, sólo resultan hermosos para sus propios padres. Cada padre, cada madre, se esfuerza en descubrir, ante el irónico silencio de familiares y amigos más objetivos, que su hijo es el más listo del mundo y el más bello del mundo.

      Tal vez los queramos tanto porque ellos nos han enseñado primero. Los niños quieren a sus padres con locura, desinteresadamente, desde el primer momento. John Bowlby, el psiquiatra inglés que describió la teoría del apego (que es como se llama técnicamente a ese amor infantil), advertía que incluso los niños maltratados adoran a sus padres, y que solo en los casos más extremos habría que separar a la víctima de sus maltratadores, porque El Niño sufría más con la separación.

No importa que seamos antipáticos, vagos o sucios, estúpidos, nuestros hijos, al menos durante los primeros años, nos van a querer con locura. Cuando tu hijo de 5 años te dice que eres la mamá más guapa del mundo sabes que no es un cumplido vacío ni una mentira piadosa, sabes que de verdad lo cree. Es difícil no amar a alguien que desde el primer momento en que te vio te ha mirado con adoración.

Aceptar la diferencia

      Los niños más pequeños, hasta 2 o 3 años, muestran poco interés por sus congéneres. Pueden jugar uno al lado de otro, pero no suelen jugar realmente uno con otro.

Más tarde, cuando empieza el juego social, nuestros hijos nos dan una lección de convivencia, tolerancia y respeto. Un niño de 4, 6, 8 años, puede acercarse a cualquier otro y sin más preguntarle; quieres jugar.?  En unos segundos el hielo está roto. En unos minutos el juego discurre sin problemas. No importa el color de la piel, el aspecto, la clase social, la ropa. Aceptan sin inmutarse una enfermedad o una deformidad física.

Somos los padres, para nuestra vergüenza, los que a veces intentamos limitar la sociabilidad de nuestros hijos.

 

 

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